El Miedo ¿Aliado o enemigo?

El gap de la opinión
27/05/2020
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El Miedo ¿Aliado o enemigo?

 
Desde hace más tiempo del que quisiéramos, estamos viviendo una experiencia profesional, social, familiar y personal que está demostrando ser capaz de echar raíces que preocupan por lo que condicionan y pueden llegar a condicionar a corto y, quizá, a largo plazo.

En otro contenido que compartí días atrás, hablaba de las oportunidades derivadas de estas circunstancias. Hoy quiero hacer una mención especial a uno de los grandes riesgos que, a mi juicio, nos está acompañando: El miedo.

Lo abordo siendo consciente de que lo hago apoyándome en experiencias vividas, experiencias compartidas, en una sucesión de lecturas y estudios que gozan de legitimidad científica, pero que los interpreto según mi criterio y, por lo tanto, discutible.
 
 

¿Qué es el miedo?

 
 
Es el resultado derivado de que nuestro cerebro perciba una situación como amenaza. Respuesta que nos impulsa a reaccionar frente a esta amenaza y, por ello, útil y necesaria, ya que permite poner en marcha cuanto sea necesario para evitar riesgos, tanto más, cuanto más intensa sea la amenaza percibida.

En este aspecto, el miedo es un aliado, pero ¿cuándo deja de serlo?

En el momento en que la respuesta es desajustada, perdura en el tiempo sin razón objetiva, condiciona un cambio inadecuado de comportamientos, promueve la distorsión de nuestra capacidad de interpretar, nos lleva a focalizar nuestra alerta sobre una parte de la realidad que no la representa, altera el equilibrio de nuestras relaciones y, claro está, cuando condiciona una pérdida del equilibrio físico o psíquico de la persona. Y, todo esto, ¿está ocurriendo? Sí, sólo hace falta observar a nuestro alrededor y escuchar a nuestro entorno.
 
 

¿Qué mecanismos condicionan que el miedo sea aliado o enemigo?

 
 
Estamos hablando de una respuesta condicionada por la interpretación del riesgo asociado a una experiencia actual o previsible. Por ello, debiéramos entender cómo atendemos a lo que ocurre, cómo vehiculizamos internamente, en nuestro cerebro, la información de eso que ocurre, de qué manera la interpretamos asociando a ella mayor o menor percepción de riesgo y cómo activamos respuestas físicas o mentales, orgánicas o cognitivas y emocionales.

Es complejo, lo sé; pero vale la pena adentrarse, aunque sea `de refilón´, porque ayuda a entender el porqué el miedo cambia su traje de aliado por el de enemigo. Tenemos, necesariamente, que hablar de:
 
 
  • ¿Qué hace que estemos atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor?
  • ¿Qué recorrido realiza la información una vez la hemos captado y qué ocurre después con ella?
  • ¿Quiénes son esos personajes que conocemos por el nombre de `neurotransmisores´ y cómo influyen en nuestras respuestas?
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    Con esto tendremos una idea aproximada de cómo el miedo puede transformarse en enemigo y entender, en buena medida, lo que estamos viviendo en nuestra experiencia social, profesional, familiar y personal.
     
     

    1. ¿Qué hace que estemos atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor?

     
     
    Coloca tu mano, con los dedos extendidos y juntos, sobre la parte posterior del cuello, de forma que dos de ellos estén por encima del reborde posterior del cráneo y los otros dos, por debajo. A unos pocos centímetros de ellos, imagina, dentro de tu cuello, un tubo que sale del cerebro y se introduce por tu columna vertebral. Se trata de la médula espinal que en esta zona superior, tiene una forma abultada. Ahí está el tronco del encéfalo.

    Cerca de tus dedos extendidos, hay un conjunto de neuronas de tamaños variados que se conocen como `sistema reticular de activación ascendente´, SRAA. Acabas de ubicar aquella parte de tu cerebro que se encarga de mantener tu estado de alerta. Es el que decide a qué estímulos externos vas a prestar atención y a cuáles no. Es nuestro filtro de atención. Si él decide que hay información que no considera interesante, aunque pase por delante de ti, no existirá, no la vas a tener en cuenta.
     
     
    El SRAA dirige tu atención hacia lo que puede significar riesgo u oportunidad para ti. Atiendes a lo inesperado (un sonido intenso, un destello, un color llamativo, una forma que destaca…), a lo que incomoda (un ruido persistente, un fluorescente que parpadea sin cesar…), a lo que te preocupa (el sonido de la voz de tu hijo, el movimiento de una estantería que estás arreglando, noticias sobre algún incidente que te afecta, vehículos de una marca que quieres comprar…). ¿Te ha ocurrido que, esperando un nuevo hijo, ves muchas más mujeres embarazadas que antes? Ahí tienes a tu SRAA en acción, haciendo que seas capaz de ver a aquellas mujeres embarazadas que antes `no veías´.

    Hay estudios que afirman que el SRAA descarta más del 90% de los estímulos que llegan a nosotros. Si esto es así, ¿podría haber información importante a nuestro alrededor que fuera desestimada por la situación de alerta de nuestro SRAA? Claro que sí.

    Quedémonos con la idea de que nuestro cerebro está preparado para dirigir nuestra atención, el estado de alerta, hacia lo relevante para nosotros.
     
     

    2. ¿Qué recorrido realiza la información una vez la hemos captado y qué ocurre después con ella?

     
     
    En el momento en que hemos atendido a una información, a un estímulo, interpretamos si es importante o no, decidimos si debemos reaccionar y, en su caso, qué vamos a hacer y cómo. Es un proceso esencialmente inconsciente y rápido, muy rápido.

    Imagina a un comercial que escucha a su cliente decir: “Quiero contrataros”. Esa información que, ¡naturalmente que ha sido capada por el SRAA del comercial!, se mueve por dentro de su cerebro asociándola a un elevado interés obligando a que su atención no pierda detalle de lo que hace o dice el cliente.
     
     
    A partir de ahí, se une una información a otra, generando una interpretación más elaborada. Ésta variará si el cliente dice “…pero no puedo” o “…no sé cuándo podré” o “…tenemos que negociar el precio”. Su cerebro va analizando y según el resultado de este análisis, condicionará una respuesta diferente en contenido, forma e intensidad.

    La información viaja por nuestro cerebro asociando una carga `emocional´. Si no hay carga emocional, la información puede llegar a desestimarse y en función de la intensidad emocional, viajará más rápido o más lento.

    ¡Curioso, ¿verdad?! Todos sabemos que nuestro cerebro actúa con mucha rapidez, pero ¿la velocidad de este procesamiento varía según la carga emocional? ¡Interesante!

    Si un estímulo externo te impacta de forma intensa emocionalmente, será rápidamente identificado por tu SRAA e iniciará un recorrido rápido por tu cerebro provocando una respuesta que puede tardar 125 milisegundos en producirse. ¡Un tiempo equivalente a la octava parte de un segundo! Este itinerario está plagado de nombres técnicos: Sentidos, SRAA, tálamo, amígdala, hipotálamo, corteza cerebral, lóbulos prefrontales… De todo ello, nos interesa saber que en una parte de ese recorrido se asocia el valor emocional a la información recibida, otra es responsable de elaborar y decidir la respuesta y otra, de desarrollar esta respuesta.

    Si lo que has percibido con ayuda de tu SRAA es neutro o tiene un bajo componente emocional, hará un recorrido más lento, con una respuesta estimada en 500 milisegundos. ¡4 veces más lenta que en el caso anterior! El recorrido es algo diferente: Sentidos, SRAA, tálamo, corteza cerebral, lóbulos prefrontales… Si lo comparas con el del caso anterior, verás alguna diferencia. Podríamos extendernos en ella, pero necesitaríamos unos cuantos párrafos y bastante terminología técnica para ello. Prefiero evitártelo.

    Quédate con lo siguiente:

  • Lo `muy emocional´ viaja mucho más rápido que lo `poco emocional´.
  • Imagina que recibes al mismo tiempo dos estímulos, uno con carga emocional baja y otro, alta. El de mayor carga emocional viajará mucho más rápido que el otro y llegará a la zona del cerebro que se encarga de decidir qué hacer y elaborar la respuesta. Lo hará `impregnado´ por esa carga emocional y altamente influido por ello. Cuando llegue el segundo contenido, se encontrará con esa parte del cerebro `impregnada´ emocionalmente, lo cual condicionará la forma de respuesta.
  • Por ejemplo: Te dan una mala noticia al mismo tiempo que te comentan que tienes que decidir qué días vas a coger de vacaciones. Si sólo hubieras recibido esta segunda información, la relativa a vacaciones, seguramente activarías tu cerebro para responder a algo que te interesa. Pero al recibir la otra noticia, la `mala´, ¿reaccionarás de la misma forma con la de las vacaciones? Seguro que no.
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    3. Quiénes son esos personajes que conocemos por el nombre de `neurotransmisores´ y cómo influyen en nuestras respuestas.

     
     
    Son sustancias químicas que creamos para transmitir información desde una neurona a otra a través de las conexiones que existen entre ellas, las llamadas `sinapsis´. Hay más de 60 neurotransmisores descritos y seguro que se describirán muchos más. Por cierto, ¿sabías que en nuestras cabezas hay alrededor de 86 mil millones de neuronas que hablan entre ellas a través de entre 100 y 500 billones de conexiones sinápticas? ¡Impresionante!

    Precisamente en todas esas conexiones, juegan su papel los neurotransmisores.
     
     
    Posiblemente conozcas bien o te suenen nombres como `serotonina´ (la llamada hormona de la felicidad), `dopamina´ (relacionada, entre otras cosas, con las adicciones y el placer), `endorfinas´ (tienen que ver con el ejercicio físico, con el placer y la euforia), `adrenalina´ (o epinefrina, es la activadora por excelencia de los mecanismos de supervivencia), `noradrenalina´ (o norepinefrina, asociada a la motivación, ira y al placer sexual), `glutamato´ (es el neurotransmisor excitatorio más importante del sistema nervioso central que, en caso de tener niveles elevados, provoca destrucción neuronal), `GABA´ (ácido gamma-aminobutírico, el que frena o inhibe la acción de sus compañeros excitatorios), `acetilcolina´ (el primero que se descubrió, activa la musculatura, tiene que ver con la transición de sueño a vigilia y con la memoria), `cortisol´ (si vives situaciones de estrés o
     
     
    ansiedad, él es un buen responsable de ello, si la situación de estrés se prolonga en el tiempo, puede llegar a provocarte daños cerebrales por destruir un no despreciable número de conexiones neuronales), `oxitocina´ (algunos la consideran una sustancia multipropósito que, cuando disminuye, puede condicionar dificultad para empatizar), `melatonina´ (asociada al ciclo de sueño, al envejecimiento, se la considera una sustancia protectora neuronal) .
     
     
    Si te has leído por completo el párrafo anterior, ¡enhorabuena! Es el inicio de una larga lista que nos sirve para, al reparar en lo que he puesto entre paréntesis, darnos cuenta de que son los neurotransmisores los que condicionan nuestras respuestas, sean éstas las que sean. Y el miedo es un estado emocional y como tal, condiciona cómo vivimos y cómo elaboramos nuestras respuestas a corto, medio y largo plazo, según permanezca este estado emocional. Condiciona nuestra respuesta:

  • Cognitiva: Nuestros pensamientos, lo que interpreto `racionalmente´ de aquello que me preocupa.
  • Somática: La reacción de nuestro `sistema nervioso simpático´ ante la situación de alarma (pupilas dilatadas, taquicardias, baja actividad del sistema digestivo, reducción de la salivación y sequedad de boca, palidez facial, incremento de la tensión muscular, cambios en la expresión facial).
  • Emocional: La percepción de esa sensación de temor, terror o pánico.
  • Conductual: Mi respuesta externa, me aíslo, huyo o me enfrento y lucho.
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    Una persona con miedo modifica la percepción de su realidad y actúa según ésta.

     
     
    Vuelvo al primer párrafo: “…estamos viviendo una experiencia profesional, social, familiar y personal que está demostrando ser capaz de echar raíces que preocupan…”

    Estamos envueltos en un bombardeo continuo e intenso de malas noticias, de riesgos, de obligatoriedad de normas, de responsabilidad si no haces esto, de lo mal que lo vamos a pasar, de cierres de empresas, de gente que no cobra, de gestiones inadecuadas…

    Es un intenso aguacero de información `negativa´, asociada a riesgos, que puede colapsar nuestro SRAA si no tenemos cuidado. No digo que no sea importante el riesgo al que hace referencia esta información, por supuesto, digo que tanto mensaje revestido de `riesgo´ y de `temor´, puede llegar a condicionar inadecuadamente nuestra:
     
     
    Búsqueda de información: Damos por válido la que ya tenemos y sólo tenemos en cuenta la información que lo reafirma descartando otra que podría ser valiosa (nuestro SRAA está `condicionado´ por el efecto de ese bombardeo).
     
     
    Interpretación de la realidad: Perdemos el interés por cuestionar lo que nos llega ya que lo hemos dado por válido, por cierto e indiscutible (una estructura del sistema límbico, la amígdala, ha condicionado que nuestra memoria almacene, en colaboración con otras zonas como el hipocampo, esa información asociada a riesgo, de forma que nos va a costar cuestionar lo contrario).
     
     
    Decisiones de respuesta: Reacciono con miedo, no quiero salir de casa, no voy a la oficina, aunque ahora pueda, llevo las normas de limpieza a extremos injustificados, me instalo en una continua sensación de incomodidad (el cortisol, junto a otros compañeros neurotransmisores, camina a sus anchas por nuestras sinapsis, ¡que no dure mucho tiempo porque podría provocarnos serios problemas!).
     
     
    Reacción social: Veo a alguien sin mascarilla o contemplo un abrazo por la calle o personas en mi oficina en mesas demasiado juntas y pienso que son `delincuentes´ (mi estado emocional provoca que elabore `juicios de valor´ con alto riesgo de precipitarme y equivocarme, `etiquetando´ a otros de lo que no se merecen).
     
     
    Relaciones personales: Me molesta ver cómo actúas y, por ello, reacciono de forma muy diferente a cómo lo haría en otras circunstancias (nuestras relaciones se afectan por esa percepción de amenaza pudiendo llegar a sentir que el otro es fuente de riesgo desplazando otros sentimientos).
     
     
    Nuestra percepción de nosotros mismos: Considero que yo tengo razón, que mi actuación es lógica, razonable y adecuada sin ser consciente de que esto puede que no sea así (mi interpretación de amenaza está fundamentada en mucha información, he generado una opinión en la que me he instalado y no veo razón para cambiarla).
     
     

    Podemos ser cómplices de ubicarnos a nosotros mismos o a otras personas en un estado de miedo permanente.

     
     
    ¡Ojo!, el cerebro reacciona mal a estas situaciones, los niveles de neurotransmisores se desequilibran, se alteran no pocas funciones orgánicas, se afecta la capacidad de respuesta inmunológica, se condicionan las emociones y nuestra capacidad de gestionarlas… No sólo se trata de atender a consecuencias sanitarias o económicas. De las reacciones que tenemos dependen otros aspectos tanto o más importantes, al menos, en sus consecuencias a medio y largo plazo.

    Si reaccionamos teniendo en cuenta todo esto, si nos ayudamos a ser más proactivos, es posible que lleguemos a conciliar la necesaria prevención del riesgo con la, necesaria también, búsqueda de oportunidades.

    Estaba hace unos días con un buen amigo que me dijo: No se trata de ser irresponsable e imprudente, el riesgo está ahí (no se refería sólo al riesgo sanitario, por supuesto), pero hay que ser consciente de que no es lo mismo riesgo (con sus posibilidades y probabilidades de condicionar daños) que el temor (certeza de que el daño se va a producir sí o sí).

    Él insistía en que tan irresponsable es el que obvia el riesgo como el que se instala en el temor. Estoy de acuerdo y añado que aún más lo es aquél que condiciona que otros obvien el riesgo o que se instalen en el temor.

     
     
    Muchas consecuencias personales, sociales, familiares, profesionales y organizativas están en juego.
     

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